Una apología filosófica para el debate académico

Como bien es sabido, el debate académico no deja de ser un juego de etiqueta donde los participantes interpretan un rol ya sea afín o desafiante para con la cuestión sometida a discusión. Hasta aquí lo que podríamos denominar la <<fenomenología del debate>>, que es lo que se manifiesta, se intuye y se ve a primera vista. Sin embargo, haciendo uso del diálogo (una interrelación de opuestos) superficie-profundidad para medir el fenómeno del debate, me propongo darle una justificación filosófica y potenciar así su faceta de <<importancia>> más allá de concebirlo como mera circunstancia más.

 

Empecemos con un breve análisis contextual.

En la modernidad, el espacio que históricamente ha venido separando el hecho del juicio se ha ido reduciendo drásticamente hasta llegar al punto en que el hecho viene a existir ya enjuiciado o directamente por sí y sin juicio, y no hay un espacio de diálogo (entiéndase pugna de opuestos) que peleé por interpretar el hecho. Es lo que Herbert Marcuse, en su Hombre unidimensional, describe a través del lenguaje operacional y las mecánicas socio-productivas opresivas que lleva aparejadas.

 

El lenguaje operacional se define, a ojos de las ideas marcusianas, como la aniquilación del espacio de diálogo, ya sea mediante la presentación de un hecho agotado por  juicios ajenos (los medios de comunicación) o por la extinción del juicio y la presentación hecho (las imágenes). Es lo que ocurre por ejemplo, con cualquier noticia televisiva, que ya no solo se ofrece desde una perspectiva interesada (el medio en sí), sino que hoy día, esta misma se fagocita en una tertulia de media docena de personas, que discuten y aportan sobre aquella. Esto que podría parecer positivo, deja de serlo en tanto que el destinatario último (el particular que ve la televisión) no realiza ese ejercicio juicioso sobre el hecho, sino que asimila los juicios de tertulia, puesto que no puede discutir en aquella sino solo adscribirse a las ideas que se vierten en la misma. Desde esta visión, asistimos a una suerte de <<representación en la ideas>>; hay un señor de inclinaciones parecidas a las mías que piensa y dialoga por mí. En tanto que exista representación de ideas como señalamiento opresivo (porque nadie los elige) de quienes tienen que dialogar sobre los hechos, se está dando la muerte de las ideas, en tanto que estas se definen como diálogo entre hecho-juicio del individuo. Las ideas son individuales y en todo caso, participativas; si yo no puedo participar en el diálogo que enjuicia un hecho,  y por el contrario solo puedo asistir a él, en ese punto, no existen ideas (individuales o participativas) sino que existe ideología, cuyos patrones intelectuales van dirigidos a los muchos mientras son participados por los pocos. La ideología es pues, el primer pulmón del lenguaje operacional; el segundo se compone de imágenes.

 

Veíamos que la ideología es la presentación de los hechos agotados por juicios ajenos y no participados por uno mismo; las imágenes son, directamente, extinguir todo tipo de juicio. Encontramos aquí toda la mecánica publicitaria y estética focaliza en los hechos, cuyo fin último es redefinir directamente el hecho a partir de esa falta de juicio. En última instancia es la aniquilación del discurso. Tenemos el ejemplo del diálogo (que como digo es una pugna de opuestos) entre individuo y marca. Las marcas se humanizan para superar la relación individuo-producto y sustituirla por el diálogo individuo-marca. Un producto es un producto, todos sabemos que es un objeto, de ahí que, sabiendo lo que se es y lo que no se es, exista una relación entre la persona y ese producto. En cambio, una persona y una marca son antagónicas, porque una persona es una persona con todo lo que conlleva, y una marca no deja de ser una invención pero que se nos presenta como una humanización total. Pensad en un anuncio de dos personas (chica y chico) vestidas promocionando ropa; los protagonistas no son ellos, ni tampoco el producto, sino la marca que combina la humanidad de los modelos y la calidad del producto para erguirse como una suerte de mito. La marca en tanto a producto es solo un ejemplo, existen multitud de marcas que desbordan el ámbito productivo-consumista: desde las siglas de partidos políticos, hasta sus conceptos, sus mantras y sus eufemismos. La imagen es el nuevo símbolo, pues este último era ese vehículo de información que se usaba cuando toda la población era analfabeta. Una de las primeras mecánicas aglutinadoras. Existe pues una diferencia: en el pasado se usaba el símbolo por la falta de lenguaje, y por ende de información, como mecánica aglutinante; hoy se usa la imagen como el nuevo símbolo, por el exceso de lenguaje y de información, que puede traducirse como un analfabetismo por contagio a diferencia del analfabetismo material de épocas pasadas. El elemento común de imagen y símbolo es pues, la falta de juicio.

 

Hemos identificado a grosso modo dos conflictos que rigen la modernidad, por un lado la ideología como ideas no participadas y por ende opresivas en tanto a la asunción de otros juicios; y por otro, la imagen como extinción de todo juicio. Ahora, veamos cual es el efecto del debate académico sobre estos fenómenos opresivos.

 

En primer lugar, el debate académico no parte de la reflexión. La reflexión, en última instancia y como concepto filosófico, viene a traducirse como <<volver sobre lo mismo>>; es decir, el mismo concepto asume una gran carga racionalista: la verdad es objetiva, independiente de todo tiempo, y está ahí, a la espera de ser accedida, siendo además  única. Al contrario, un debatiente que puede enfrentarse a una y otra postura respecto a una cuestión (en contra o a favor) asume el concepto de difracción, es decir, la perspectiva. El debatiente no es un sofista o un retórico que no aspira a la seguridad de la verdad, pero también reconoce su incapacidad para poseer la verdad; en última instancia, un argumento bien construido a base de premisas lógicas y evidencias puede dar una perspectiva totalmente válida de un hecho. Se introduce aquí el elemento clave del perspectivismo: la elección de tu perspectiva, y una vez elegida, esta aspirará constantemente a ser la única verdad asumiendo de base que jamás lo logrará. Esto obliga a una continua evaluación de las perspectivas elegidas, y posibilita tanto la libertad de la idea como la seguridad de la verdad (véase El tema de nuestro tiempo, Ortega y Gasset). No debemos olvidar el hecho de que, a la hora de elegir perspectiva, es clave el convencimiento de que aquella es la mejor aspirante a la verdad; así, el debate académico es un excelente método para la medida y la acción de convencer, más allá del mero vencimiento (retórica, sofisma)

 

A partir de la perspectiva, el debate académico reabre el espacio entre hecho y juicio, en tanto a que se produce una investigación a partir de una perspectiva (a favor o en contra), destruyendo, por lo general, todos los juicios ajenos provenientes de los medios de comunicación de masas y sobre todo, destruyendo no solo los juicios provenientes de estas sino también las propias ideologías. Es extremadamente raro que se plantee un debate desde una ideología; y esto tiene una explicación bastante sencilla. Digo que es sencilla porque el debate académico sostiene una herramienta principal, que es el razonamiento lógico-argumental con base en una perspectiva electa; por ello, siempre se trabaja con ideas, que recuerdo, como diálogo hecho-juicio, son o individuales o participadas pero nunca asumidas desde lo ajeno (eso sería ideología). En la búsqueda de los mejores argumentos, las mejores evidencias y en definitiva, de lo mejor dentro de la postura, se da constantemente una autoevaluación de la mejor idea, y ello no puede conseguirse desde una ideología, porque una ideología no deja de ser un reducto prefabricado. Por ese lado, el lenguaje operacional, en tanto a ideología, es contrarrestado la dinámica del debate académico.

 

En lo que se refiere a la imagen como nuevo símbolo que extingue el discurso, el debate académico también tiene algo que decir. Para el debate trabajamos con palabras; así pues aquel sirve para la vida, pero también la viste. Es una expresión claramente artística, en tanto que un discurso es creado y en ensayado, y a su vez crea convicciones y emociones en las personas; es en última instancia, una cadena de creatividad que supera la lógica autor-receptor. Dicho esto, el debate académico en lo referido a la comunicación estética (las imágenes) lo que hace es, precisamente, entender y conocer las dinámicas creativas de esas imágenes. Y quien sabe como algo sea crea, sabe cómo ese mismo algo se destruye. En este sentido, el debate proporciona herramientas para la crítica de esas imágenes, como puede ser: en lo semántico, análisis de los discursos políticos y publicitarios, falacias de aquellos, tipos y modos argumentativos, eufemismos, sesgo informativo; y sobre todo, en lo formal (donde se manifiesta plenamente el símbolo-imagen), podemos encontrar la estilística, las palabras usadas y dejadas de usar (los sinónimos no existen y las palabras no son inocentes), el uso y abuso de apelación a las emociones (pathos), la estética del discurso y las metáforas utilizadas. El debate académico, en fin, da las herramientas para contrarrestar el lenguaje puramente estético.

 

Como conclusión, puedo afirmar que el debate académico ha hecho un gran trabajo por la deconstrucción de la opinión pública, separándola en dos conceptos: por un lado la opinión mediatizada por el lenguaje operacional (medios de comunicación y publicidad); y por otro lado, la opinión profundamente (recuerden el diálogo superficie-profundidad) pública, es decir, la participada por todos en mayor o menor medida, o al menos, abierta a ser participa y por ende con aspiración a las ideas y no a la ideología.

Nuestra democracia y el principio democrático en general, solo pueden basarse en las ideas si de verdad quiere uno llamar a algo democracia y no gravarse en la frente la palabra mentiroso. He aquí que el debate académico plantee una dinámica que reconduce al estudiante por sí mismo hacia el deber ser de las cosas, al menos, desde mi perspectiva.

 

Alejandro Martínez Ruiz.

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