La oratoria romana

La oratoria en Roma tiene un peso muy importante, no solo de cara a la Historia, sino dentro de la propia sociedad romana. El modelo político romano, lleno de asambleas, era el ecosistema perfecto para que surgiese el arte de persuadir con la palabra y ganarse así la legitimidad y el afecto del Pueblo y el Senado Romano.

A pesar de esto, el primer discurso del que tenemos constancia en la Antigua Roma lo da Apio Claudio el Ciego en el siglo III a.C, cinco siglos después de la fundación de la ciudad. Este discurso fue dado con motivo de la guerra contra Pirro. Sin embargo, hemos de esperar a las Guerras Púnicas para que la oratoria empiece a cultivarse como un arte, gracias a la influencia helénica que comenzó a impregnar toda la vida romana.

Es en estos tiempos difíciles para la República donde comienzan a sobresalir oradores, como es el caso de Catón el Viejo y su Ceterum censeo Carthaginem esse delendam, que repetía constantemente en sus discursos.

En esta etapa preclásica también destacan los Gracos y los Escipiones (como Escipión el Emiliano) o el cónsul Lelio. Era un ambiente donde no solo Roma se expandía por el mundo, sino que se repensaba a si misma constantemente debido a la asimilación de culturas ajenas a Italia. La oratoria sufre un parón en el año 161 a.C cuando fueron expulsados todos los filósofos y retóricos de la ciudad de Roma debido a la disputa entre Catón el Censor y su facción conservadora, que detestaba la cultura griega y defendía los viejos valores romanos, y los círculos más helenizados que se reunían en torno a los Escipiones.

A pesar de la oposición de los partidarios de Catón, las familias nobles no tardarán en ver las bondades de la oratoria y pronto será incorporada como parte esencial de la educación de sus hijos.

Ya cercanos al siglo I a.C, que habría de traernos al gran Cicerón, comienzan a crearse escuelas con diferentes estilos y forma de enfocar la oratoria. Existen tres escuelas principales: la neo-ática, la asiánica y la rodia.

La escuela neo-ática intentaba imitar el estilo de los escritores atenienses: espontáneo y fluido, sobrio, buscando una exposición clara de los hechos. Hay dos oradores de referencia en esta escuela: C. Licinio Calvo y M. Junio Bruto.

La escuela asiánica, cuyo mejor representante fue Hortensio, tenía un estilo florido, llamativo y exuberante.

La escuela Rodia buscaba el discurso grandilocuente y exuberante, pero sin llegar a los niveles asiánicos. De esta escuela surgió Cicerón, considerado el mejor orador de toda la historia romana.

Hemos de llegar ya al siglo I a.C, que tiene un nombre propio, Marco Tulio Cicerón. Cicerón supera a todos los oradores romanos hasta el momento. Sus discursos siguen siendo famosos y sus frases han pasado al imaginario colectivo, como el O tempora! O mores! de las Catilinarias. Estamos ya en la etapa clásica, una etapa convulsa para Roma, con guerras civiles, conjuras y traiciones. Sin embargo, sigue siendo una época donde se goza de una libertad aceptable y se pueden denunciar públicamente las correrías de personajes como el traidor Catilina o el corrupto Verres.

Sin ánimo de abundar en la vida de Cicerón, habría que remarcar de él su carácter no-patricio, que nació fuera de Roma, en Arpino (año 106 a.C), en el seno de una familia de agricultores. Esto no impidió que Cicerón pasase por todas las magistraturas y completase el cursus honorum, llegando a ser cónsul. En Cicerón se conjuga lo mejor de la literatura y la filosofía griegas con el carácter más genuinamente romano, superando así la vieja rivalidad entre los partidarios de Catón y los Escipiones. Muere víctima de su propio genio en el año 43 a.C tras pronunciar las Filípicas, que desatarían la ira de Marco Antonio contra él.

Entre las obras de Cicerón tenemos discursos como las Catilinarias, que buscaba destapar la conspiración de Catilina para tomar el poder en Roma; las Verrinas, en el cual acusa a Verres, gobernador de Sicilia, de corrupción (como curiosidad, Hortalo fue el defensor de Verres) o las Filípicas, que le llevarían a su muerte.

Tenemos tratados como Sobre la amistad, Sobre la vejez, Bruto o De legibus. En sus tratados, Cicerón reflexiona sobre diversas cuestiones, como la amistad, la senectud, los sistemas políticos o la naturaleza del Derecho.

Con la instauración del Principado, la oratoria deja de usarse en política y queda relegada a la actividad judicial y al mero recreo. Quizás fruto de haber quedado relegada al ámbito académico, surgen en el siglo I d.C dos importantes retóricos, Séneca el Viejo y Quintiliano de Calahorra.

El primero escribirá Oratorum et rhetorum sententiae, divisiones, colores, donde Séneca el Viejo pretende enseñar oratoria con dos ejercicios: los suasoriae y las controversiae. En las primeras hay que imaginarse una situación donde un personaje histórico o mitológico estaba en un problema, y componer un discurso donde se resuma su situación. Las controversias con casos jurídicos que debían ser resueltos por el alumno, aunque muchos de ellos estaban alejados totalmente de la realidad, siendo una pura entelequia.

Marco Fabio Quintiliano, un hispano nacido en Calagurris (Calahorra), abrirá una escuela de oratoria en Roma que adquirió gran fama. Su obra principal, la Institutio Oratoria, conste de doce libros y pretende una vuelta al clasicismo ciceroniano, dando consejos para formar al orador. Sus consejos trascendían el ámbito académico, llegando a recomendar la formación amplia del orador en diversos saberes y defendiendo que un orador, para ser buen orador, debía de ser un hombre honesto. Critica fuertemente los casos alejados de la realidad, como los de Séneca el Viejo.

Ya en el siglo II, oradores como Cornelio Tácito descubren que la decadencia de la oratoria se debe a la falta de libertades políticas, cosa que denuncia en Dialogus de Oratoribus.

Este ambiente asfixiante se acentuará más conforme avanza el Imperio, llegando ya a la época de los panegíricos, alabanzas al emperador pronunciadas en fin de año o victorias militares. Ejemplos de oradores que se dedican a escribir serviles discursos al emperador son Plinio el Joven, que declamó el panegírico de Trajano, y Cornelio Frontón. Curiosamente, habrá un gran número de panegiristas galos.

De Apuleyo, un excéntrico novelista, nos queda una defensa judicial. Apuleyo fue acusado de casarse con una rica viuda hechizándola.

Surgen en los siglos III-IV una colección de panegíricos de diversos emperadores. En el siglo IV, ya totalmente inmersos en la decadencia, un defensor de las antiguas costumbres romanas llamado Aurelio Simmaco realizará panegíricos a Valentiniano I y Graciano.

BIBLIOGRAFÍA Y WEBGRAFÍA

LATÍN, LENGUA Y LITERATURA COU. Ediciones La Ñ. Sevilla.

PROPAGANDA POLÍTICA Y OPINIÓN PÚBLICA EN EL BAJO IMPERIO ROMANO. Manuel G. Rodríguez Gervás. Ediciones Universidad Salamanca.

http://www.luduslitterarius.net/literatura/oratoria.htm

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